Es uno de los libros que no sé cómo etiquetar, yo soy mediterránea y, si se muere alguien que quiero, lloro y lloro...
En esta historia un chico prodigioso se suicida, su novia no llora, se pone a investigar lo que no sabe de él, conoce a su hermano, a su madre, viaja a Praga para entender por qué dejó de ejercer de niño prodigio.
Ve las superficies facetadas de la familia, habla con quien lo trató en sus momentos vitales, y todo esto lo escribe Yoko Ogawa como algo natural, con una lucidez acerada y tierna a la vez, sin rencor, sin que la protagonista mitifique a su novio y sin que lo deje de amar, sin que cambie otra cosa que ya no está.
Eso sí, voy a contar el final, porque al final consigue llorar.

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