Si ya tienes suficiente información sobre la India mística, la de los ashrams, las vacas sagradas y la eterna sonrisa de sus habitantes, te recomiendo Tigre blanco. La India que muestra es la de las castas, de la miseria, del maltrato del débil, de los negocios sucios, de la política sucia, la del instinto de supervivencia y la capacidad de amoldarse a todas las situaciones, sean las que sean.
La forma de narrar que tiene Aravind Adiga, el autor, me recordó la de Eduardo Mendoza, sobre todo en "El misterio de la cripta embrujada". Ambos comparten esa deliciosa forma de mostrarnos dos realidades: la que está pasando y la que el protagonista nos transmite. Todo lo que le pasa al protagonista de "Tigre blanco", en manos de un ruso del XIX, sería una tragedia de tomo y lomo, pero ni él la vive como tal, ni Adiga deja que sintamos una pizca de lástima.
El protagonista, Balram Halwai, es el chófer de una familia de empresarios indios no demasiado escrupulosos a la hora de hacer negocios. Pero Halwai no nació para chófer, sino para servir té, según su casta. Y para mantener a una familia que trata de chuparle la sangre, Y para decir que sí a todo, y no mirar por el retrovisor, y servir whisky a los del asiento de atrás sin sacar la vista de la carretera.
Balram Halwai es absoluto, igual que lo es el de Mendoza. Quizá porque vive dos vidas a la vez: a que él dice estar viviendo y la que vive en realidad. Sin dramas ni estridencias, sino con mucho sentido del humor. Y no porque éste sea un libro para reír, más bien al contrario. El humor viene porque quieres acompañar al protagonista en sus peripecias en todo momento y no tienes más remedio que ver las cosas como él las ve. Ah, especialmente sorprendente el final.

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